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Post al azar
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NOTICIAS TUNEADAS

La verdad, hoy


27 febrero 2009

« 12 comentarios»

Juro, sobre los términos y condiciones de uso de Blogger, que la Wikipedia es la única fuente de información de Noticias tuneadas. Si la Wikipedia se equivoca, nuestro reportaje estará errado; si la Wikipedia no lo sabe, para nosotros no existe. He dicho.



El paso inconcluso


26 febrero 2009

« 11 comentarios»

No te regalan un reloj, tú eres el regalado
Julio Cortázar

Me regaló su nueva novela sin ofrecer apenas resistencia, ¡maldito viejo zorro! La registré a mi nombre, antes de enviar una copia a media docena de casas editoras. Durante meses aguardé una respuesta positiva, que nunca llegó. Dos años más tarde, una editorial de segunda exigió correcciones sustanciales y a toda prisa. Dejé de comer y dormir para llegar al plazo a tiempo. De nada sirvió: recibí otro rechazo. Finalmente, invertí mis ahorros en autoeditarla, y no logré vender un ejemplar. ¡Maldito viejo zorro!, a él sólo le tocó el placer de escribirla.



Manual japonés


23 febrero 2009

« 11 comentarios»

José López supo que era japonés cuando alcanzó la mayoría de edad. Aquella mañana se marchó a la ciudad a celebrar el cumpleaños, todavía ajeno a su condición, con el cerebro exento de cualquier responsabilidad que le distrajera de observar a los conocidos del pueblo que viajaban en el tren. Se abalanzó sobre un puesto libre, que distinguió entre la multitud, atropellando a su paso a una anciana con idénticas intenciones. Un segundo antes de caer sobre el asiento, retiró de un zarpazo un libro olvidado por la persona que se dirigía a la puerta de salida.

El sugerente título sobre la portada atrajo su atención: Cómo hacerte japonés en quince días. Por primera vez en su vida abrió un libro sin escuchar la orden de un profesor. Auguró que aquellas palabras, apretujadas en gruesos párrafos, le conducirían inevitablemente a la última página, y comenzó la lectura por el final del tomo, donde encontró un test que evaluaba el grado de niponización alcanzado tras el estudio del manual de autoayuda. Al sumar la calificación lograda en cada una de las respuestas, José López descubrió que era japonés de origen.

Gratamente sorprendido leyó otra página escogida al azar, que resultó una lección sobre perseverancia, una actividad desconocida para él. Dispuesto a ser un buen japonés, averiguó en qué se podía perseverar por aquella zona, y concluyó, tras estudiar durante días a vecinos y amigos, que ligar era la única opción a su alcance.

Se proveyó de inmediato con los medios necesarios para tomar por asalto el castillo imaginario que perfilaba en su mente. Dibujó un plano del barrio, donde marcó la situación geográfica de las chicas de su edad, e improvisó tres columnas en un cuaderno ocioso: si, no, quizá. Se vistió con su mejor camisa, vertió sobre su cabeza abundante perfume en el supermercado de la esquina, e inició el acecho. No desmayó ante agravios, burlas o indiferencias. Con metódica parsimonia nipona clasificó en el bloc a las jóvenes que aparecían en su radio de acción. Al cabo de dos años cruzó el altar de brazo de su esposa. Cuatro meses más tarde nació su primer hijo.

El suegro enchufó a José López en el consistorio municipal para procurar un sustento a la nueva familiar. Pero él se negó a aceptar un puesto de funcionario. El orgullo nipón le impedía desempeñar una profesión para la que no estaba debidamente cualificado. Su esposa reaccionó con violencia ante la negativa, ignorando las estrictas normas de cortesía que había prometido respetar y cumplir. Desafortunadamente, las sabias enseñanzas del manual de autoayuda no incluían consejos conyugales, sólo insistía hasta la saciedad en que el único camino posible a la felicidad pasaba por el trabajo sin descanso.

José López aceptó resignado los designios laborales del destino, que le conducían a una humillante situación quijotesca: el cargo de funcionario era una posición vitalicia, que no perdería aunque cometiera las mayores torpezas; sin embargo, ignoraba los detalles más elementales de aquella profesión, y su honra exigía que cumpliera a cabalidad con las responsabilidades adquiridas.

José López aumentó hasta límites insospechados la extensión de su jornada laboral, empeñado en terminar a tiempo los reportes que se sucedían con frecuencia pasmosa. En su hogar llegaron a olvidarle, como suele ocurrir con los empleados japoneses. Algunas madrugadas encontró desconocidos en su sofá habitual, incluso en la cama matrimonial que compartió mucho tiempo atrás. En tales casos, se refugiaba en la paz de la cocina a cenar su frugal ensalada.

A pesar de los ingentes esfuerzos, José López nunca consiguió llevar a feliz término su trabajo. Como japonés de raza decidió entonces que había llegado el momento del suicidio. Compró una katana de segunda mano, muy parecida a un auténtico tantö, y esperó al sosiego de la noche para vestirse con el quimono blanco y sentarse de rodillas sobre el escritorio. Cerró los ojos para mirar por última vez al pasado. Se lamentó por los pocos años en que disfrutó de su condición de oriental, y regresó a su mente la pregunta que le atormentaba desde que se supo japonés: ¿habían influido las tradiciones ibéricas en su carácter, hasta el punto de torcer los instintos nipones?. En ese instante decisivo, dudó. ¿Sería digno de un samurai traicionar las costumbres del padre maño?, quien nunca le perdonaría si la noticia llegara a su fría mazmorra de condenado a cadena perpetua. ¿Qué diría su madre si algún día despertara del coma etílico autoinducido? Como en los tiempos más duros de su infancia, la queja eterna de su abuela resonó otra vez en los oídos, con el típico acento serbocroata que la definía: ¡maldita la hora y maldita la persona que cambió a mi hija inocente de quince años por la húngara desconocida que apareció en casa embarazada de ti!

José López dejó la katana a un lado y se mudó las ropas. Aliviado, salió a la calle, presto a un suicidio que honrara las tradiciones de sus padres. Como ya amanecía, se apresuró para ser el primero en solicitar la hipoteca.



Guerra soterrada


20 febrero 2009

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Camino a la escuela, los niños jugaban con un balón remendado. Al golpear una piedra por error, el mayor de los chicos hizo estallar una mina antipersonal, que destrozó su pierna. Los niños se miraron perplejos entre sí, temerosos de mostrar su alegría por otro día en que no tendrían clases.



Summa cum laude


18 febrero 2009

« 10 comentarios»

Entré corriendo al centro comercial, guiado por las flechas que indican la dirección en que se encuentran los baños. No aguantaba más, durante el atasco mis riñones se habían hinchado al máximo. Ya que era imposible avanzar por la escalera mecánica, atiborrada de gente que no cede el paso a los que tenemos prisa, deduje que el procedimiento óptimo en este caso sería comenzar a desabrochar la bragueta. Aproveché ese instante de sosiego para lanzar mi maldición diaria a los impositores de la moda masiva, que retrocedieron a las bragueta de botones sin tener en cuenta la opinión de los usuarios que durante años disfrutamos de la comodidad de bajar y subir con total libertad la cremallera. Los guardas de seguridad notaron algo sospechoso en mi actitud y me detuvieron a cinco metros de mi destino inmediato; me hallaba tan cerca que podía distinguir la cara de alivio de la gente que salía del WC. Pretendiendo detener el chorro inminente con la presión de mis manos sobre la portañuela, expliqué a los vigilantes la urgencia que me agobiaba, que se superponía con la preocupación por llegar puntual a la cita con el tribunal evaluador de mi tesis doctoral, que en esos instantes ya aguardaría impaciente, en las instalaciones de Ikea, por la demostración práctica que me exigieron el día anterior, al concluir la lectura del reporte investigativo, porque soy un especialista en optimización, aclaré, por eso había calculado al vuelo el momento ideal para desabrochar la bragueta, aunque gasté siete años de mi vida en descubrir el camino más corto desde la entrada a la salida en el laberinto del emporio sueco, trayectoria que evita recorrer hasta el ochenta por ciento de los pasillos comerciales. El custodio que se había mantenido en silencio hasta ese instante comentó que los de Ikea cambian el decorado cada unos tres meses, evitando que los clientes puedan recordar la posición de la mercancía de su interés, sin verse tentados por otras ofertas. Asumí que el joven sería uno de los que no pudo consagrarse a la academia por reclamos familiares, que tantas carreras frustran, y le aclaré que la novedad de mi descubrimiento radica en su independencia de la posición de los estantes, añadí, sintiendo ya aflorar el placer del debate científico, que mis cálculos revelaron que los propios empleados del fabricante y empacador de muebles recorrían unos 200 kilómetros innecesarios al año, por no disponer de las rutas optimizadas que yo gratuitamente ofrecía. El cuidador que me detuvo interrumpió con brusquedad mi explicación para enumerar las ordenanzas públicas que había violado, y no pude retener durante más tiempo el líquido que pugnaba por salir. Así que llegué tarde y húmedo a la confirmación de campo de mi trabajo doctoral y los nervios propiciaron que en tres ocasiones me perdiera en pasillos sin salida. Llegué a pensar que sería el primer doctorando en la historia de la humanidad que suspende su disertación, sin embargo, los catedráticos me sorprendieron con el ansiado Summa cum laude, y heme aquí, llevando a rastras al vigilante bueno, que aprovechó la licencia temporal de su esposa para hincharse a vino durante el festín de graduación.



El listo


16 febrero 2009

« 6 comentarios»

Ser el último en responder me concede un precioso tiempo adicional, que debo aprovechar. Sólo uno de los tres concursantes será elegido como el más listo del mundo, y el azar puede ser decisivo en esta pregunta final. El jurado no preguntará de física o matemática, porque sabe que dominamos los rudimentos de estas ciencias, y somos capaces de resolver cualquier problema en pocos segundos. Ni se atreverá con la historia o la geografía, pues estamos aquí gracias a nuestra prodigiosa memoria. Me asusta ver a mis rivales salir cabizbajos de la caja de paredes transparentes, aunque la sonrisa carnosa de la presentadora es mi gran temor en este concurso, no puedo concentrarme si me dejo llevar por sus labios.

- Alejandro, para ser declarado el más inteligente del planeta debes adivinar qué pregunta tengo guardada para ti -grita la animada locutora a un metro de mi cara, mirando al público expectante, antes que una música de circo aturda mis sentidos.

-¿Por qué se presenta en este concurso alguien que presume de ser tan astuto? -balbuceo.



San Valentín


14 febrero 2009

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Durante toda la juventud imploré a las crueles musas una página propia que salvara mi nombre del olvido. Deslumbrado por el éxito, marginado a rincones de sentencias huecas, aplaudí a los grandes, como el resto, y cuando amainó la ilusión por el talento, mientras trabajaba por encargo en una definición de idiota, válida en cualquier contexto televisivo, que pudiera ser generalizada incluso a la literatura, el azar concatenó las frases impares de mis notas en la más precisa caracterización escrita del amor. Como buen amante platónico de obras ajenas, reconocí la perfección de las palabras ante mis ojos. Incrédulo, rompí en pedazos las hojas de papel. Rencores y carencias, sedimentados durante años sobre mis ansias, imponían un temor al ridículo imposible de franquear. Pero el texto replegado en lo profundo del alma, regresaba cada tarde a atormentarme con su luz. Intenté denigrarle, arrastrándolo a lupanares oscuros, plagados de abrumadora vulgaridad, y él impuso su estirpe rindiendo a mis pies a mujeres de belleza imposible, que adoraban la vida que él cobraba en mi garganta, sin reparar en su angustiosa complejidad dialéctica, ni en mi aspecto miserable. Harto de tanta voluptuosidad gratuita, decidí regalarlo, publicarlo para que el mundo compartiera conmigo la empalagosa felicidad que me agobiaba. Él devolvió una promesa de amor eterno por cada carta que envié, una andanada de orgasmos públicos por cada pared donde intenté abandonarlo, una pasión anónima por cada volante que repartí en la calle, hasta agotar en juegos eróticos el zumo de mi hombría y la tensión de mis músculos. Viejo y cansado, me siento hoy ante este pliego en blanco para alertarte de que no vale la pena desgastar tu vida en un efímero placer intelectual.

No es un sábado cualquiera, es un sábado literario.



Antitexto


10 febrero 2009

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El escritor presionó la tecla recuperar en la pantalla del ordenador y todas las frases borradas a lo largo de los últimos veinte años reaparecieron como por encanto y se colocaron, una tras otra, en perfecto orden cronológico, para componer su obra cumbre.



El Libro


09 febrero 2009

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He escrito la biografía de mi Ego y no encuentro editor que pueda publicarla.



Sueños


08 febrero 2009

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Hace ya veinte años que se alejó para siempre de la gente, sus ritos, y sus dioses. Las explosiones de la noche anterior no le dejaron dormir en paz, y se había levantado un tanto malhumorado. El último hombre sobre la tierra ordeñaba su cabra, como cada mañana, y pensaba en alta voz que uno de estos días regresaría al pueblo en busca de una mujer que le haga compañía.



La broma


07 febrero 2009

« 2 comentarios»

Se trataba de una broma de los poderosos medios informativos del planeta. Los extraterrestres nunca nos invadieron. Rupert Murdoch sugirió la idea tras leer un cable sobre la confusión mental del robot espacial Spirit. La gente en la calle no se muestra muy satisfecha con las revelaciones de anoche. Es cierto que el prolongado toque de queda planetario nos permitió rebasar la más aguda crisis económica que ha conocido la humanidad. Pero ¿valió la pena?, nos preguntamos ahora los que siempre pagamos los platos rotos,



De las historias que guardo en el Desván de la Memoria.



Al fin libres


06 febrero 2009

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Han comenzado las negociaciones con la colonia extraterrestre que nos invadió el año pasado. La prensa especula que cederemos a los africanos, como un souvenir que podrán llevar de regreso a su galaxia, a cambio de la libertad para el resto de los terrícolas. Durante estos últimos meses los alienígenas han intentado convencernos de su filantropía, sin escatimar gastos en publicidad. Aseguran que garantizarán los derechos fundamentales y las necesidades básicas de los terrestres que participen en el proyecto. También se han disculpado hasta la saciedad ante quienes soñaron con el viaje espacial que nunca podrán realizar: estrictas normas metagalácticas impiden elegir ciudadanos contaminados por los vicios de la civilización. Me cuento entre los pocos que desconfían de sus buenas intenciones. Prefiero quedarme en casa.

De las historias que guardo en el Desván de la Memoria.


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Based on a work at Minima Black de Douglas Bowman para Blogger.